Solía creer que no importaba tropezar una y mil veces con la misma piedra, finalmente, eso me convencía de que era "mi piedra", que sería mia aunque continuamente se alejara y yo tuviera que salir en su búsqueda.
No entendía la magnitud de cada tropiezo hasta que me vi a mi misma y supe que había cambiado; hasta que admití que la primera caída me ayudó a liberarme de mis prejuicios, a romper la burbuja en la que permanecí durante casi 16 años; hasta que reconocí que había dejado en mi el recuerdo más maravilloso de mi existencia, me ayudó a ser algo para lo que jamás me creí capacitada y aunque no resultó, me quedó para siempre; hasta que me reivindiqué conmigo misma y admití que todo el dolor de cada despedida me reconstruyó y me hizo ser quien soy ahora.
Entendí, después de mucho pensarlo, que no tengo que maldecir los momentos vividos, que no debo llorar porque ya no está, que no es bueno alejarme para siempre, que refugiarme en un rincón para reprimir mi dolor sólo me llenaría de un rencor innecesario.
Admití que durante mucho tiempo fue mi 'Zahir' pero era, soy y seguiré siendo feliz porque aprendí que primero está mi amor y mi conocimiento de mi misma para reflejar y compartir buenos sentimientos con los demás.
Fueron patéticos tiempos porque mientras los vivía no sabía lo que producirían pero creo que reflexionar acerca de ellos me da el valor para aceptar que el amor es todo y nada, que está unido a la locura y que estoy enamorada, pero no de aquella piedra sino del mismo amor, de esa fuerza sobrenatural que es capaz de transformar, de transtornar y de llevarnos hasta la perdición.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario